La risa disimulada de Irma

Quizás, entre tanta tristeza sembrada la risa visible de muchos no es más que el anti estrés; el brillo en los ojos no sea felicidad, sino el llanto comprimido; y la quietud un remedio contra la ansiedad.

Tal vez, cuando somos más de uno el dolor lo podemos disimular y romper en mil palabras los deseos de gritar que enviste un huracán al llevarse hasta el aliento de continuar.

Irma (septiembre 2017), fue de esos que sembró un instante de miedo, súplicas, curiosidad y cientos de historias – incluso algunas sin contar “escondidas” por los nervios traicioneros.

Dejó móviles sin coberturas, casas sin electricidad, y el trágico recuerdo de una anciana que flotaba en el agua, quien sabe si por imprudente o por aferrada a su cielo raso; a un par de hermanos que en el intento de salvarse, sucumbieron, y a otros ocho que acompañaron también a la muerte.

En el portal de mi casa, – Bayamo, distante a 500 kilómetros donde rugía con furia la tormenta-, los vientos eran solo informativos, las “penetraciones” de marejadas humanas y la lluvia escaza, aunque a veces apretó, pero no nos dispersó del estrecho rectángulo de losas.

Desde allí, el piquete de la cuadra, ese que siempre se une ante, durante y después de las eventualidades, -hasta de una colada de café del bueno, el de la Sierra-, escuchamos las noticias sobre los desastres ocasionados en Cuba y entre todos soportamos “el golpe”, quizás, para que doliera menos.

Horas y horas transcurrieron, sin corriente, tejimos como buenos cubanos, entre chistes, las anécdotas del Flora (1863), el Dennis (2005), el reciente Matthew (2006), y hasta comparamos los destrozos para sentirnos, esta vez, más seguro.

Pero, de vez en vez, un silencio nos frenaba, se escuchaba entonces el lamento del presente y quedaba claro que estar juntos nos hizo más fuerte, que no fue solo el cuento de una hormiga que quería cargar su comida asolas y descubrió que en la cohesión está la fuerza.

Ahora cuando la calma, aparente y trastocada por los caprichos de la natura, retorna, el rugir de la moto sierra y el hombre en “caliente”, llega esta crónica tardía porque no aguanté más lidiar con aquellos rostros tristes, que se ponían alegres para no preocuparnos.

Osley y Yaimiris, mis primos, las palomas volverán y la casa estará en orden.

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Autor: Geidis Arias Peña

Redactora reportera de prensa del periódico La Demajagua, Granma, Cuba

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